Mio amore
 




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Solo tú Andrea

Publicado el 14 de Abril del 2013



Algunas veces puede que dudes de mi amor por ti, pero no hay razón, en mi mente y en mi vida no puede existir alguien más que tú, por la manera en que has conseguido mostrarme el lado bueno de las cosas, aprendiendo contigo a vivir cada día como el más intenso, con toda esa gama se sentimientos que hasta hace poco creía muertos. Tu sonrisa ilumina mis días mejor que el sol de cada mañana, al abrir los ojos lo primero que deseo ver es tu tierno rostro dándome la bienvenida a una vida contigo.

Atesoro nuestros encuentros como si no existiera nada más, porque solo contigo me siento vivo, lleno de buenos momentos, exploto de alegría solo porque te tengo. No existe en el mundo quien pueda llenar mi corazón con tanto amor como tú lo has hecho. Hay tanto en ti para amar que el tiempo me parece poco. Busco cada día una manera distinta de hacerte feliz, de arrancarte una sonrisa, de conocer algo más que me cautive, porque quiero amarte por completo.

Aunque me conquistaste desde hace tiempo, por ser tan dulce, tierna, amorosa, traviesa, sonriente, caprichosa sé que aún queda mucho más, y con tanto que disfrutar no puede existir nadie más que tú.

Mi amor por ti es tan grande que no puedo imaginar un segundo sin que estés conmigo de alguna forma, compartiendo un momento o disfrutando algún recuerdo. Deja las dudas atrás porque desde hace bastante tiempo en mi vida eres solo tú.
Infinitamente tuyo Erick.



Puedo ponerme cursi

Publicado el 14 de Abril del 2013

 

Miré el horizonte de su cuerpo a contraluz y esa geografía desnuda me pareció sublime. Sus caderas anchas sobre la cama me dejaron la certeza de que mi destino estaba anclado a sus deseos. “Te adoro”, dijo ella con un murmullo que me pareció más seductor que sus senos aterciopelados. Me dieron ganas de encender la luz para encontrarme con el brillo de su mirada, pero preferí imaginarla. Estiré la mano y acaricié su corva con la paciencia de quien sólo se sabe observado por la madrugada.

Siempre me han encantado sus piernas atléticas y femeninas, sus pantorrillas de tenista, aunque me choque que se pase toda la mañana haciendo aeróbics. Maestra en el arte de sacudirme el alma y avivar mi fuego, Paulina se acurrucó junto a mí y hurgó cálidamente con su lengua en mi oído. Una mujer desnuda siempre te salva de todo, hasta de ti mismo. Le respondí con un beso tierno en la mejilla y solté una frase que a lo mejor suena pretenciosa pero a ella le encantó: “Me gusta develar los misterios de tu vientre y hundirme en el mar de tus delirios”.

Volvió a suspirar. “Eres muy lindo”, musitó enamorada. A veces me siento un poco como Arturo de Córdova y me da por ponerme cursi y decir tonterías que a ella le llegan hasta la médula. Cuando hacemos el amor la miro a los ojos y encuentro un incendio que me inflama. Nuestros cuerpos son metáfora del fuego, de esa hoguera que aviva la llama del desvelo. Cuando me siento a la deriva, cuando mis alas se cansan de viajar en cielos de artificio, pongo los pies sobre la tierra, la desnudo en silencio y trazo poemas húmedos sobre su ombligo, luego dejo tatuado mi nombre en su espalda y en el preciso momento en que me dice que me ama la tomo entre mis brazos y con mis labios acallo sus suspiros. Entonces, una vez más, comprendo que estoy atado a sus sentimientos.

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Cara de pocos amigos

Publicado el 14 de Abril del 2013

Me lo dijeron mil veces. Mis amigos, algún pariente, una ex novia celosa y hasta el calendario: esa mujer no te conviene. O en el mejor de los casos, sugirieron que “esa chava no me gusta para ti”. Pero uno es un pinche necio, un imbécil con resabios de burócrata: aunque sabemos que hay que hacer un chingo de trámites, ahí vamos tras la sonrisa de la recepcionista…

Pero es que estar con Sofía era igual que escuchar una canción de Joaquín Sabina: primero te maravilla tanta hermosura y luego terminas con tristeza. Cuando la conocí, en alguna reunión, ella lo primero que me dijo fue “tienes cara de pocos amigos”.

Este gesto adusto, argumenté, es de los que hablan poco porque prefieren conversar consigo mismos y “en realidad tengo cara de que no me gustan ni mis amigos”. Sofía comentó algo muy común sobre eso de que la gente no está acostumbrada a la franqueza, “pero es muy respetable tu actitud”. Vaya, al menos sabía decir “respetable” sin faltas de ortografía. Ya en confianza soy algo divertido, así que ella se dejó guiar por su curiosidad y esa misma noche fuimos a emborracharnos a otro lado. Me besó como si añorara que le hicieran el amor.

Y en la cama no tuvo pudor, como si lo que menos le importara fuera que hiciéramos el amor. Y comenzamos a buscarnos, como dos huérfanos de ternura, igual que un par de ansiosos que se encuentran en la oscuridad.

El espejo le devolvió la seguridad. Aún así, Sofía me preguntó si la encontraba atractiva. “Sí, eres guapa y lo sabes”, a mí me encantaba por las mismas razones que a cualquier hombre: estaba muy buena la desgraciada. Quizá por eso toleraba que nunca se callaba, que hablaba hasta por los codos.

“Oye, ¿no te dije que la hija de mi jefe intentó suicidarse?, giró para mirarme. Sólo alcé los hombros en señal de a-mí-me-da-lo-mismo. “Siiiií, ¿tú crees? La chavita se dio un balazo en la panza”, siguió mirándose al espejo. Yo encendí un cigarrillo, aún saboreando lo fantástica que era ella en la cama. “¿Por qué me cuentas eso?”, exhalé, “yo ni conozco a tu jefe y mucho menos a su hija”. Eso llamó su atención y se acercó hacia mí. “Es que, mmm, es que me parece algo, mmmm, terrible”, parecía sorprendida con mi reacción. “A mí lo que me parece terrible es que alguien quiera suicidarse de un balazo en el estómago y no en la cabeza”, expliqué. “No lo sé, pero la chava es anoréxica”, soltó como si eso explicara todo. “Ella sólo quería llamar la atención”, expliqué con desgano. Yo me pregunté mentalmente cómo es que Sofía sabía todo eso.

Seguramente se acostaba con su patrón, aunque ella me había dicho que “no es feo, pero está muy grande para mí”. Entre Sofía y yo no había compromisos, ni presiones, ni nada parecido. Lo nuestro era más como una necesidad. Si pasaba por un mal momento me llamaba con el argumento de “invítame a salir, aunque sea al cine”.

Y si yo andaba de humor la buscaba para “echar un par de tragos y bailar un poco”. Al final siempre acabábamos en mi departamento y nunca me dijo que me amaba ni yo solté un “te quiero”. Nuestras conversaciones eran básicamente lo que ella contaba: “Mi auto hace un ruido extraño. Creo que es el motor”. Me limitaba a sugerir lo obvio, “yo creo que es hora de llevarlo al mecánico”. Para ella era fácil, como quien dice me cambiaré de ropa, manifestar que “mejor le voy a decir a mi papá que me compre otro”. Y yo odiaba cuando hablaba de la bolsa tan padre que se compró quién sabe en dónde su amiga y que sentía envidia-de-la-buena. “Querida, no existe envidia de la buena.





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Mi blog "Lo peor de ti mismo"
Más de mis letras.






 
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